Adiós pequeño niño

Hoy amigo, me cuesta trabajo creer que te encuentras en el umbral de la muerte, que la delicada línea que divide ambos mundos se encuentra a tan sólo unos centímetros de ti, me cuesta trabajo creer que estés listo para irte, que te sientas tan seguro de haber concluido con tu misión en la Tierra, que con la paz y la tranquilidad en la mirada estés diciendo adiós.
No puedo explicar lo que ahora siento, temor de saber que no estarás más ahí cuando te busque. Saber que el silencio se convertirá en la futura respuesta a tu llamado, comprender que mis pasos a partir de ese momento tendrán que continuar en soledad, tantas cosas, tantos momentos…
Y con ellos el saber que te vas, que nuestras travesuras serán una conversación que se convertirá en silencios, que las charlas de horas enteras pasarán a formar parte de un instante en la eternidad a la que te enfrentas.
Respóndeme amigo mío: ¿Cómo es allá la eternidad?, ¿es cierto que la paz te inunda?, ¿da miedo estar allá? Por favor, amigo mío, sólo respóndeme una pregunta más: ¿Allá en la sabia eternidad, habrás de recordarme? Hoy al mirarte una vez más en agonía sólo puedo decirte esto: vete en paz amigo mío, es momento de que comiences tu camino hacia la eternidad. De darle descanso a tu cuerpo cansado, de retomar el vuelo en pleno y mirar ahí, desde lo alto a lo que queda de mi pobre humanidad...
Aquel que se queda extrañando tu recuerdo, aquel que contará las historias por los dos, el que de hoy en adelante tendrá que ser cómplice de nuestros silencios, y que a partir de este día lo que mejor sabrá hacer es extrañarte.
Descansa, pues tu camino en esta Tierra ha sido muy pesado y cruel, cierra ya tus ojos amigo mío, que me duele verte agonizante, así, en la quietud de la noche duerme, y que esta noche llena de luz y calma sea tu último recuerdo, tu último suspiro, tu último sonreír... Descansa pequeño amigo... Duérmete, cierra tus ojos...
Acaricia con tus dedos esas nubes, camina sobre las brillantes estrellas, abrázate del viento y como el, sé libre. Duérmete ya pequeño niño, pues el dolor y quebranto que tanto te hacían llorar, ya no existen, esa soledad que te causaba temor... No está más.
Duérmete pequeño niño, descansa, y allá, en los brazos del creador, dibuja en tu rostro una sonrisa, coloca en tus labios un canto de alegría.
Duérmete ya pequeño niño que yo... Yo seguiré despierto por los dos.