Lamentablemente, cuando estamos alterados ofendemos sin darnos cuenta, muchos lo hacen sin piedad y esto puede dejar heridas incurables. Normalmente lo hacemos con las personas más cercanas a nosotros: los hijos, el esposo, los hermanos, el novio... En estas personas descargamos nuestra ira. Cuesta mucho trabajo reconocerlo pero es así.
Mi último incidente fue con mi hija menor Cami. Con ella he tenido más paciencia, es la menor y con los menores siempre somos más tolerantes porque hemos crecido como papás y queremos disfrutar al cien por cien de nuestro último bebé.
Un día estaba alterada y por más paciencia que trato de tener, descargué mi rabia con ella, le dije cosas que ella a su edad no podía entender. Me escuchaba sin comprender y con la angustia de verme brava. No utilicé malas palabras, aunque no es necesario decirlas para ofender, ni tampoco maltrato físico, pero sí dije cosas sin sentido.
Después de que pasara el mal rato nos cuestionamos: ¿Qué le dije? ¿Por qué se lo dije? ¿Debí actuar diferente? ¿Por qué? ¿Por qué? Es una sensación horrible y queda en la mente dando vueltas y vueltas.
De un tiempo a esta parte comprendí que aparte de ser mamá soy un ser humano y cometo muchísimos errores. Aprendí que debía pedir disculpas por mis malas actuaciones incluyendo a mis hijos y aunque no es fácil hacerlo, me siento más liberada cuando lo hago y les enseña a ellos que los papás nos equivocamos como cualquiera.
¡Me sentí horrible! Después de calmarme y recapacitar, fui a pedirle disculpas y a explicarle que era producto de la rabia que tenia en ese momento y que las cosas que había dicho no eran correctas, que no era la manera para corregirla.
“Mira Cami, quiero decirte algo, quiero pedirte disculpas, no debí hablarte de esa manera, estaba malgeniada y obré con rabia cuando te llamé la atención, debo de hacerlo de otra forma, no con esas palabras. Discúlpame por favor”.
Ella me respondió, sorprendiéndome como muchas veces: “Ma, no tienes por qué disculparte, las mamás son humanas y comenten errores. Te amo”.
Me puse a llorar, soy una llorona, pero me sorprendió con su ternura y delicadeza. Sólo tiene nueve años.
Esto es algo que dejó una huella en mi corazón y la comparto en este espacio, porque sé que somos muchos los que nos equivocamos, pero podemos sorprendernos con sólo pedir disculpas.