Hasta ahora hemos aprendido que el amor es un sentimiento que se da y se recibe a través de alguien, por eso cuando nos enamoramos nos sentimos flotar; dando por hecho que eso que nos invade, lo produce la cercanía de la otra persona.
Luego, cuando la magia se debilita, culpamos a la otra persona porque creemos que nos ha fallado y buscamos en otra aquello que damos por hecho que nos falta para sentirnos completos.
Creemos que el amor solo es algo que se manifiesta al principio de la relación y que a través de la rutina las cosas cambian. La verdad es que el verdadero amor nunca viene a través de nadie y no es algo que se da y se recibe; es más bien todo lo contrario.
El amor es la fuente, el origen de todo lo creado y brota sin cesar como un chorro de agua que nunca cesa. Cuanto más nos conectemos a través de nuestro espacio interior, más nos desbordará y entonces solo ansiaremos compartirlo con todos, por lo tanto no es algo que demos ni recibamos, ya que todo lo creado -personas, animales, plantas...- cualquier lugar adonde se dirija nuestra mirada, está repleto de ese mismo amor porque no hay lugar donde no esté presente, puesto que es la misma substancia que mantiene unida a toda la creación.
Es a partir de ese reconocimiento mutuo, cuando las relaciones que establezcamos, siempre funcionarán, porque ya no estarán basadas en lo personal que es manipulador y egoísta.
Luego, cuando la magia se debilita, culpamos a la otra persona porque creemos que nos ha fallado y buscamos en otra aquello que damos por hecho que nos falta para sentirnos completos.
Creemos que el amor solo es algo que se manifiesta al principio de la relación y que a través de la rutina las cosas cambian. La verdad es que el verdadero amor nunca viene a través de nadie y no es algo que se da y se recibe; es más bien todo lo contrario.
El amor es la fuente, el origen de todo lo creado y brota sin cesar como un chorro de agua que nunca cesa. Cuanto más nos conectemos a través de nuestro espacio interior, más nos desbordará y entonces solo ansiaremos compartirlo con todos, por lo tanto no es algo que demos ni recibamos, ya que todo lo creado -personas, animales, plantas...- cualquier lugar adonde se dirija nuestra mirada, está repleto de ese mismo amor porque no hay lugar donde no esté presente, puesto que es la misma substancia que mantiene unida a toda la creación.
Es a partir de ese reconocimiento mutuo, cuando las relaciones que establezcamos, siempre funcionarán, porque ya no estarán basadas en lo personal que es manipulador y egoísta.
Si creemos que nuestra felicidad depende de otra persona, exigiremos y demandaremos; en cambio si somos capaces de sentirnos plenamente dichosos, solo querremos compartir esa plenitud con el otro.
El amor es totalmente inocente, no conoce la maldad ni la envidia. Es aquello que nunca se lamenta porque acepta todo tal y como es. Está en nosotros, nunca nos ha abandonado y no hace falta que hagamos
nada especial para volver a sentirlo, simplemente aprendamos a mirar con inocencia lo que somos, y cuando alcemos la vista, veremos que siempre estuvo ahí, pero como estábamos tan sumergidos en nuestros pensamientos, éstos nos impedían verlo al igual que las nubes ocultan el cielo. Y sin embargo el cielo siempre está.
La mente es un instrumento maravilloso que sirve para funcionar en el mundo correctamente, pero cuando nos identificamos con ella y nos vivimos como una idea, a través de esa idea vivimos, convirtiendo entonces el mundo en algo fijo y estático; miramos un árbol pero no tenemos la experiencia directa de él porque enseguida lo etiquetamos, vemos el conocimiento, lo aprendido, el pasado: esto es un árbol.
Pero la vida no es estática, se mueve, nunca se muestra igual. Recordemos cuando éramos niños. Veíamos el mundo como algo nuevo, fresco, diferente; nunca dejaba de sorprendernos ¿No es así? Luego empezamos a poner nombres a las cosas y a las personas, a partir de ahí como ya teníamos el conocimiento de ello, comenzamos a mirar a través del prisma de la mente y ya nada nos volvió a sorprender.
Pero ¿Es necesario que estemos siempre pensando? La mente es tiempo, es memoria y el amor, que es la conciencia de lo que somos, es atemporal, es eterno, carece de tiempo y de forma.
La mente es contenido, palabras, recuerdos, sueños, sentimientos, pensamientos, emociones. Historia. Pero hay algo que está más allá de todo esto. Es aquello que lo contiene todo, un vacío donde todo surge espontáneamente y que es inmune a todo lo que sucede.
Es ese espacio, ese vacío el que nos revelará quiénes somos. A través de la simple observación de la mente, se nos revelará una presencia, una atención que nos llevará de vuelta a la percepción directa de quiénes somos y cómo es el mundo realmente, detrás del barullo, del ruido incesante de la mente.
Esa presencia, ese observador, es el Uno manifestándose en la multiplicidad y está en nosotros y en todo lo que vemos. Somos la eternidad viviendo en el tiempo, en la forma y cuando lo descubramos abrazaremos todo lo que pase en la vida, con una gran sonrisa. Es así como el amor dejará de lado el miedo, porque ya no temeremos nada.
El mundo que vemos ahora es un reflejo del miedo porque es vivido desde la mente y la mente, al ser temporal, sabe de su finitud y por
eso quiere perpetuarse aun sabiendo que su destino es perecer.
Si vivimos como un pequeño “yo” separado del resto, viviremos
con miedo y nunca conoceremos el amor verdadero, porque el amor es lo opuesto a ese miedo. Cuando abrazamos la plenitud del ser que somos, no volveremos a temer porque comprenderemos que lo que somos, nunca ha nacido y jamás morirá.
Las relaciones entonces, son vividas como una oportunidad maravillosa para compartir ese amor, independientemente de lo que pase, pues todo aquello que sucede, sucede en el tiempo, pero nosotros al no vivir ya en él, no quedaremos afectados.
Veremos que surgen sentimientos, emociones, palabras, silencios y que todo surge sin nuestra intervención, como algo que desea ser manifestado. Después pasarán otras cosas o no pasará nada; no retendremos porque sin mente nada es retenido, todo es vivido con totalidad, y luego se va.
El amor es totalmente inocente, no conoce la maldad ni la envidia. Es aquello que nunca se lamenta porque acepta todo tal y como es. Está en nosotros, nunca nos ha abandonado y no hace falta que hagamos
nada especial para volver a sentirlo, simplemente aprendamos a mirar con inocencia lo que somos, y cuando alcemos la vista, veremos que siempre estuvo ahí, pero como estábamos tan sumergidos en nuestros pensamientos, éstos nos impedían verlo al igual que las nubes ocultan el cielo. Y sin embargo el cielo siempre está.
La mente es un instrumento maravilloso que sirve para funcionar en el mundo correctamente, pero cuando nos identificamos con ella y nos vivimos como una idea, a través de esa idea vivimos, convirtiendo entonces el mundo en algo fijo y estático; miramos un árbol pero no tenemos la experiencia directa de él porque enseguida lo etiquetamos, vemos el conocimiento, lo aprendido, el pasado: esto es un árbol.
Pero la vida no es estática, se mueve, nunca se muestra igual. Recordemos cuando éramos niños. Veíamos el mundo como algo nuevo, fresco, diferente; nunca dejaba de sorprendernos ¿No es así? Luego empezamos a poner nombres a las cosas y a las personas, a partir de ahí como ya teníamos el conocimiento de ello, comenzamos a mirar a través del prisma de la mente y ya nada nos volvió a sorprender.
Pero ¿Es necesario que estemos siempre pensando? La mente es tiempo, es memoria y el amor, que es la conciencia de lo que somos, es atemporal, es eterno, carece de tiempo y de forma.
La mente es contenido, palabras, recuerdos, sueños, sentimientos, pensamientos, emociones. Historia. Pero hay algo que está más allá de todo esto. Es aquello que lo contiene todo, un vacío donde todo surge espontáneamente y que es inmune a todo lo que sucede.
Es ese espacio, ese vacío el que nos revelará quiénes somos. A través de la simple observación de la mente, se nos revelará una presencia, una atención que nos llevará de vuelta a la percepción directa de quiénes somos y cómo es el mundo realmente, detrás del barullo, del ruido incesante de la mente.
Esa presencia, ese observador, es el Uno manifestándose en la multiplicidad y está en nosotros y en todo lo que vemos. Somos la eternidad viviendo en el tiempo, en la forma y cuando lo descubramos abrazaremos todo lo que pase en la vida, con una gran sonrisa. Es así como el amor dejará de lado el miedo, porque ya no temeremos nada.
El mundo que vemos ahora es un reflejo del miedo porque es vivido desde la mente y la mente, al ser temporal, sabe de su finitud y por
eso quiere perpetuarse aun sabiendo que su destino es perecer.
Si vivimos como un pequeño “yo” separado del resto, viviremos
con miedo y nunca conoceremos el amor verdadero, porque el amor es lo opuesto a ese miedo. Cuando abrazamos la plenitud del ser que somos, no volveremos a temer porque comprenderemos que lo que somos, nunca ha nacido y jamás morirá.
Las relaciones entonces, son vividas como una oportunidad maravillosa para compartir ese amor, independientemente de lo que pase, pues todo aquello que sucede, sucede en el tiempo, pero nosotros al no vivir ya en él, no quedaremos afectados.
Veremos que surgen sentimientos, emociones, palabras, silencios y que todo surge sin nuestra intervención, como algo que desea ser manifestado. Después pasarán otras cosas o no pasará nada; no retendremos porque sin mente nada es retenido, todo es vivido con totalidad, y luego se va.
Nunca nos aburriremos ni veremos a la otra persona como una imagen fija, de hecho ni siquiera nos veremos nosotros así. Todo es vivido en un constante ahora, como algo nuevo, desconocido. Solamente así, el amor es vivido en toda su plenitud.
Este artículo resume la vivencia que está reflejada en mi primer libro publicado y que lleva por título "En el amor somos uno y en el sexo, ninguno". El libro se encuentra en la web de ediciones Mandala y en formato ebook en la Casa del Libro.