A dónde van las palabras

De pequeño solía escuchar: “Las palabras se las lleva el viento”, y me preguntaba si existía un lugar donde todas tenían un fin o sencillamente se mantenían viajando por la eternidad. De alguna manera me resigné al no encontrar la respuesta. Como a modo de compensación, lo que si pude aprender fue el sentido de la irresponsabilidad, podía decir lo que se me antojase, en fin, mis palabras siempre se irían a un lugar, no había forma de herir, dañar, matar o perjudicar.
Hoy puedo ver que de niño alguien mintió, pues miles de las palabras escuchadas cuando intentaba bailar un trompo o elevar un papagayo, siguen sonando dentro de mí. De hecho he descubierto que muchas de mis limitaciones y complejos se deben a las palabras que el viento no se llevó. Es como si cada ser que rodeó mi infancia ejerció un efecto hipnótico con la intención de programarme para una conducta determinada.

Comprendo porque nunca hubo una respuesta, sencillamente toda pregunta mal formulada carece de respuesta y la verdad es que “las palabras no se van con el viento”, no son tan livianas como para flotar y danzar lejos de nuestra mente, todas se registran determinando la manera de comportarnos. Todo lo que sale de mi boca ejerce un sobrenatural poder sobre mí y sobre quienes me rodean. Hablamos como pensamos y como pensamos vivimos.
Las palabras son la herramienta más poderosa para construir el futuro, las palabras pueden ser una bomba de gran potencia, capaces de destruir a una persona, una familia, una sociedad y hasta una nación entera. Que gran responsabilidad es hablar, saber que en mi boca hay vida y hay muerte. Repentinamente surge una nueva pregunta: ¿Todos los que hablan en programas, mítines o auditorios entenderán este principio? ¿O teniendo como único objetivo saciar sus particulares intereses se dejan llevar por las emociones como barco que es arrastrado por los vientos?
Al encender la radio o el televisor siento el temor de que alguien sin escrúpulos y sin medir las consecuencias, esté lanzando palabras que me obliguen a hacer lo que no quiero. Pues no es mi deseo confrontar a mi hermano, ni vivir en guerra, tan sólo quiero vivir y dejar vivir, respetar al prójimo y recibir su respeto, y tener el derecho de construir un castillo para legarlo a mis hijos, con tantos jardines y habitaciones como desee, sin que alguien conduzca invasores a despojarme del cuarto donde habitan las arañas.
Qué bueno sería escuchar a alguien hablar de esperanza, sin que quiera manipular mis pasos, dejando libre mi capacidad y derecho de elegir. Escuchar a alguien que antes de hablar asocie la cordura y la emoción, para construir en lugar de romper. Y si es inevitable que sea capturado por el poder hipnótico de sus palabras, que entonces me guíe a extender la mano al caído sin importar el color de su piel, ni la razón por la cual cayó, que influya en mi comportamiento para que en nombre de la tolerancia abrace al vecino y salude al anciano. Qué bueno sería que no fuesen tan pesadas las palabras que dicen nuestros líderes, o de quienes pretenden serlo, y que realmente el viento pudiese llevarla muy lejos y así volviese a reinar la paz, el respeto y el amor común.