Concierto de piano

Calma de pueblo y noche templada. Por las calles la brisa suave azota los cabellos de las chicas. El cielo cambia de color, y así, la noche toma el lugar del día. Luna lunera blanca e imponente observa desde arriba la escena. Luna lunera testigo de locuras, de cantos y armonías. Lugar colonial y pequeño plasmado de recuerdos, de memorias, de historia. Las calles empedradas, están repletas de personas en trajes de gala moviéndose a prisa hacia la plaza. De los balcones se asoman multicolores vestidos que revolotean con el viento. En medio de toda la multitud y el tumulto, en medio de la plaza, toca su melodía silenciosa a la luna, pintando notas y acordes entre las cuerdas percutidas de aquel piano negro. Ese instrumento imponente que lleva en sus teclas el recuerdo de voces y ritmos mezclados en el tiempo y espacio de ese pueblo oculto entre los tonos olvidados de un mundo de sueños.
Desde las sombras se escuchan melodías felices, tristes y melancólicas. Pasan por doquier las chicas apuradas con rubor en las mejillas y los nervios de punta. Pasan chicos llevando partituras, trajes pulcros y zapatos lustrosos. Un trueno corta el sosiego del piano y el pueblo.
Va muy aprisa una chica hermosa con la piel blanca como la nieve, como la mismísima luna. Los rulos perfectamente formados rebotan como resortes por su espalda, y el viento enfurecido le azota la cara. Lleva la desconocida un vestido rojo carmesí y los labios como rubíes. Sus ojos grandes e ingenuos buscan protección en los acodes del piano, y va dando vueltas en vano. El piano enfurecido resuena en los oídos de los presentes, haciendo eco en los vidrios de las casonas abandonadas. 
Sale alto y esbelto de la oscuridad, con las ropas negras como la noche, el perseguidor. La chica tiembla y tropieza, el amo de la noche la toma del brazo con fuerza, mientras el cielo grita y protesta. Ella gira y escapa, salta y corre, entre árboles y arbustos. El rojo de su vestido se ha perdido entre la noche y la multitud de alegres músicos. Noche en calma de nuevo, piano melancólico toca una canción de amor. El cielo calla y se vuelve gris, lágrimas corren por las mejillas de la chica. Amor fue lo que la trajo al pueblo, amor y locura. Le duele en el alma recordar esa noche de verano. La noche en su jardín cuando iba por el mundo con ojos perdidos soñando despierta con ilusión y fantasía. Aquella noche tibia que le había traído una maldición en forma de alegría. Recordaba con perfecta precisión como la lluvia de verano caía desde el cielo, tibia y suave acariciando sus mejillas. De pronto rosa roja había aparecido a su lado.
Ahí estaba él, parado, tan apuesto como siempre, con su mirada engañosa y su piel dorada. Su cabello iba casualmente despeinado y sus ojos color miel la miraban fija y peligrosamente. Fue en ese preciso instante en que ella debió correr, huir sin mirar nunca atrás y olvidar aquella piel morena y perfecta. Olvidar aquella extraña personalidad que atrae y repele. A aquel hombre cuyas palabras suenan a amor pero su corazón destila odio que quema. Perdida en su ser, en su hablar en su querer, esa noche había cambiado su destino, su vida y su corazón.
Él tomo la rosa y delicadamente la puso entre sus salvajes rulos negros. Ella tomó su mano y lo siguió por amor hasta el mismísimo infierno.
De vuelta a la realidad ella se secó las lágrimas y se preguntó. De pronto el cielo rugió con ferocidad, ella supo en ese instante que no tenía más a dónde ir. La persecución había acabado, al final, él la había encontrado. Se oyó un golpe seco mientras él aterrizaba de su salto sobre el piano, que inmediatamente calló. La tomó del brazo y la sacudió. Ella se elevó un poco, sus rulos flotaron con el viento y repentinamente se desvaneció en sus brazos. La rosa roja yacía marchita entre su cabello. Tarde, él se dio cuenta de que la fuerza que había usado era demasiada para su frágil y pequeño cuerpo.
La sostuvo en sus brazos y lloró, su garganta se rasgó por el gutural gruñido que lanzo a cielo. La gente no hacía más que mirar como si el tiempo se hubiera congelado. La lluvia empezó a caer empapando a todos de la cabeza a los pies. La lluvia arruino los vestidos coloridos, los zapatos lustrados y los peinados elaborados. Todos huyeron de aquel lugar, corrieron para alejarse de tan terrible escena. El caos reinaba en la plaza, el piano yacía destruido en medio de la nada, con las teclas por doquier, con la última melodía grabada en sus maltratadas cuerdas ahora sin voz. Él lloró, lloró y un trueno lo acompaño en su última agonía, pero nada iba a cambiar, el ángel había muerto. 
La gente estalló en aplausos, él abrió los ojos y volvió a la realidad. Sus manos frías yacían todavía sobre el piano. El sol le lastimo la vista, y su resplandor se llevó consigo las últimas imágenes del ángel muerto, de la historia narrada por el piano. Sus notas habían sido perfectas, sus melodías limpias. Se levantó y sonrió, los nervios se le habían pasado. El concierto había terminado.