Momento

Despertar del sueño más profundo a uno mejor. Mirar y sentirla en frente, respirar su aire, acariciar su rostro con mis más sinceros deseos, brindarle mi calor y hacerla mía en la inquietud de mis pensamientos. Mi cerebro no descansa y mi subconsciente se queja, grita. Sus labios levemente abiertos, me invitan a disfrutar del que creo un dulce beso, sus ojos cerrados me dicen que en el misterioso silencio del alma descansa el más sincero deseo de hacer lo mismo. Sus manos casi inertes pero cálidas, aprietan las mías dejando entrever que no estoy tan equivocado. 
De pronto, un frío aire se cuela por debajo de la cobija y me entumece la espalda, me acerco a ella intentando absorber su calor, pero consigo algo mejor, la tibieza de su aroma me absorbe y me eleva. De pronto, su cuello desnudo se transforma en una irresistible tentación, sus latidos se aceleran y un suave y tierno gemir se libera de su boca, que sensual –pensé-. Dejándome llevar por el momento disfruto el tiempo que se hace nada, en breve la tengo entre mis brazos y sólo pienso en la suavidad de su boca, en la cercanía de su cuerpo y en el temblor del mío. Ella, ya no piensa, no entiende lo que está ocurriendo, sus sentimientos pasados se ven de pronto puestos en tela de juicio y pierden la fortaleza de su raíz.
Las dudas de todo se reflejan en el movimiento de sus manos, que de un momento a otro me detienen, limpian su rostro de una manera forzada casi exagerada, quizás para entender, quizás para no seguir. Se vuelve hacia a mi sin abrir los ojos, me hace saber que ya pasó, su postura me da señales de caricias y mi mano temblorosa pero segura disfruta de su suave cabello, mi mente revolotea como si estuviera en el ojo del huracán, que tormentoso es pasar de un estado de seguridad a una lluvia de dudas. Mi cabeza ya no piensa con claridad y me pregunto si lo que hago está bien, pero no son respuestas las que busco. La inseguridad me embriaga y una de sus manos me calma, el instante es engorroso y perturbador.
Pero esto ya no importa, no para mí al menos, nos besamos suavemente, como si este fuera el inicio, poco a poco se enciende la llama y no quiero detenerme, la quiero para mí. Pero me dice no, repitiendo el gesto de sus manos, -que egoísta soy- pensé. Hice lo que en ese momento desee, arrepentirme de lo hecho no es opción, disfruté cada instante de su compañía y mi cuerpo de momentos se inquietaba. El hecho de que con cada movimiento quedáramos en el más íntimo espacio no ayudaba, me confundía. De pronto sus manos tomaron mi rostro y un tierno beso se dibujó en mi mejilla seguida de uno en la frente, cerrando el pacto de secreto, uno cayó en mis labios. Mis ojos que vieron cada movimiento, casi como abatidos se cerraron decayendo en el deleite. Aún más confundido, pero con un sabor de victoria, dormí en su pecho.
Sin lugar a dudas, ese fue el final. Insaciable, quise conseguir más, lo cual fue imposible, estaba decidida, era suficiente. Mi mano escurridiza intentó conquistar su rostro, mis labios quisieron introducirse en el veneno de su piel, la última excursión de mi instinto terminó con el frío y desconcertante rechazo de su espalda tibia. No sé qué causé en ella en tan corto periodo, no imagino lo confundida que se encontraba, ni siquiera logro entender el por qué. La duda y la incertidumbre ahora avivan la chispa de nuestro encuentro fugaz. La luz del sol naciente aparece y las miradas no consiguen encontrarse, el contacto alcanzado se escurre en el temor del rechazo y la incomodidad del momento quema la ternura del mismo.
La culpa ahoga sus palabras y ensordece mi sentir. Las emociones a flor de piel mueren lentamente en la agonía de su cotidianidad. Y la mágica noche se esfuma, dejando en el olvido del recuerdo la construcción de un especial momento.