Como no recordar el día que te besé por primera vez, ¿aún lo recuerdas?
Nunca podría olvidarlo, bella tarde, había un poco de viento, el sol caía después de haber brillado un par de horas para darle paso a una luna, esa luna que sólo sale a alumbrar en días especiales.
Vestías un atuendo digno de una dama, elegante y sensual, habíamos charlado durante horas, de vez en cuando nuestras miradas se cruzaban e intercambiábamos unas cuantas sonrisas, tu voz era como una dulce melodía que acariciaba mis oídos.
Me encantabas como canto de sirenas. Tus grandes ojos hipnóticos y profundos, la mirada penetrante que suele caracterizarte.
Recuerdo que la plática entraba en un momento vago, nos fuimos acercando lentamente uno al otro, en mi pecho un fuerte palpitar, tan fuerte inclusive que hubiese podido danzar al ritmo en que mi corazón latía mientras más y más me acercaba a ti, de pronto...
Silencio.
Las palabras que brotaban de mi boca hacía un momento eran sosegadas por la unión de nuestros labios, tus pequeños y delicados labios, fue un beso, ese pequeño momento…
Ese instante donde olvidas tu alrededor, esa dulce y exquisita caricia, aquella que evoca el espíritu de quien lo comparte.
Locura desenfrenada, amor material, un par de labios humedecidos. Incomparable sensación, letal adicción, droga para el corazón. Profunda perdición, eterno hedonismo, no sólo un beso, es vida emanada, es verdadero amor, en un beso viertes toda la felicidad...
Todas esas emociones aumentadas en un breve instante, ¿cuánto tiempo transcurrió? No lo recuerdo, fue un día maravilloso, inigualable, ¡así fue nuestro primer beso! Pero ¿qué estás diciendo?
Eso que me cuentas ocurrió hace un momento, cuando estábamos sentados en aquel pórtico, me mentiste, pensé que en realidad recordabas nuestro primer beso, después de tanto tiempo transcurrido.
Querida mía, no es que no lo recuerde, es simplemente que cada beso tuyo es siempre el primero para mí, es mágico y especial, siempre como el primero que nos dimos...